El hijo eterno

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Por Fabián D´Amico

Duro, aunque esperanzador, texto sobre la crianza de un hijo diferente con un hipnótico trabajo de Michel Noher.

El es joven, tiene 28 años y espera ansioso la llegada de su primer hijo. Esa ansiedad denota miedo, un temor de dejar de ser hijo para convertirse en padre. No tiene un trabajo estable, es escritor y solo tiene correcciones de tesis de diversa índole para mantener a su familia. Se define “mantenido” de su mujer y de la familia de esta. La adrenalina no para ni aún al saber que su hijo, un varón, Felipe, nace y su esposa está bien. La felicidad dura apenas una horas ya que los médicos le informan que el bebe tiene todos los síntomas de mongolismo. Un término duro pero el único que se conoce en los 80 siendo el síndrome de down una especificidad técnica medicinal.

Su mundo, o lo que él espera de ese mundo desconocido y futuro, se derrumba. Se debate constantemente entre el deseo de una muerte pronta y cercana de su hijo y el hecho de vivir años con un chico retrasado mental. Felipe crece y con él las huellas de su deficiencia. Médicos, especialistas, la casa transformada en un centro de rehabilitación, inconvenientes en la escuela y un amor mutuo entre padre e hijo que crece y se vuelve inquebrantable hasta ya pasado los 25 años de Felipe donde comparte una fuerte pasión con su padre como lo es el football y los clásicos de la ciudad de La Plata.

Un texto teatral de gran suceso en Brasil, basado en un bets seller literario brasilero de Cristóvão Tezza. Una historia difícil con un texto duro pero carente de golpes bajos y, sobre todo, esperanzador. Una narración que encuentra en la materialización escénica una dirección tan obsesiva como efectiva donde cada gesto, cada movimiento es preciso, estudiado y ensayado, lo que convierte los 60 minutos de la función en un coreografía bella y cautivante. La conjunción entre el director brasilero Daniel Herz, quien demuestra conocer el material a la perfección, y el actor es merecedor de todo tipo de adjetivo calificativo halagador.

Michel Noher ofrece una labor hipnótica. Solo en el escenario, con el único apoyo de un silla y una puesta de luces monocromática y por demás geométrica que sirve para delimitar distintos espacios donde este sufrido padre hace palabra su dolor, Noher deslumbra desde su manejo corporal, la amplia galería de tonalidades con las que colorea su drama y un dolor contenido con el cual desnuda su alma en escena pero sin caer nunca en excesos melodramáticos y en el facilismo de un tragedia urbana, caras de una moneda fácil de representar pero riesgosa al momento de la devolución del público. Un aplauso cerrado y sostenido premia el trabajo de Michel Noher, que se puede sintetizar diciendo que su actuación está llena de verdades.

Es difícil elegir, al momento de hacer una salida teatral y en una época de vacas flacas. Generalmente se decide por un entretenimiento. El hijo Eterno, desde su planteo, lo es. Un entretenimiento plagado de sentimiento- no sentimentalismo- que obliga al espectador a mirar a su alrededor y ver que actitud se toman con los seres diferentes a uno, con aquellos que no tienen un aspecto “normal” y como- desde la misma visón del padre- esa falta de normalidad puede ser discriminada y rechazada, hasta culminar en un bello y simbólico final que no deja a nadie indemne de la emoción. Un espectáculo digno de ser apreciado y disfrutado en todo el sentido de la palabra disfrute.