Galileo fascinado por sus inventos, hablando de astronomía
en el lenguaje de los tintoreros, retractándose; pasajes que desfilan entre
muñequitos de cartón, memoria fallida y emoción.
En un minúsculo espacio del Centro Cultural Ricardo Rojas, la compañía Ad Hoc
está realizando una hermosísima versión de Galileo Galilei de Brecht con una
técnica que le devuelve al teatro su poder de encantamiento.
¿De qué se trata? Al inicio de la función, uno de los
narradores introduce al público en la cuestión remontándolo a un universo para
la gran mayoría desconocido: el siglo XIX en donde un tal Redington -dueño de
una tienda-vendía pequeños teatros de juguete a la salida de las funciones,
entonces vedadas a las mujeres y a los niños. Cuenta el narrador que a través
de esos pequeños teatritos, los hombres reproducían -sobre la mesa de sus
hogares- aquello que acababan de ver. Seguramente aquellos relatos tenían
baches en la memoria, diferencias con el original; pero era lógico que eso
sucediera pues los devenidos narradores reponían lo visto desde su mirada, su memoria
y sobre todo, desde su emoción. Pero parece que la historia no se agota allí:
Benjamín Pollock, yerno de Redington, hará de todas esas experiencias caseras y
amorosas, una técnica teatral.
Recreando ese espíritu, la compañía Ad hoc representa siete
actos de la vida de Galiei Galilei desde la técnica teatral de Pollock y en esa recreación, se dejan llevar -como
entonces- por el recuerdo y la fascinación.
Así, al texto de Beltor Brecht, los narradores suman sus propios
comentarios (antojadizos, excitados, alegres, dudosos) desnudando la
enunciación teatral y rompiendo de ese
modo con el ilusionismo.
Es que uno de los objetivos de la compañía es el de realizar
un teatro científico,
es decir, un teatro en donde el artificio de la
representación no se le escamotee al espectador sino todo lo contrario; un
teatro que le muestre el juego y -tal como lo soñaba Brecht- lo invite a
jugarlo. En ese universo teatral (y en este) los hechos son subjetivos y capaces
de ser modificados de acuerdo a quien los cuente.
Así, al igual que en el teatro de Pollock, los muñecos de
ese pequeño teatro son manipulados por los narradores (¿actores? ¿titiriteros?)
de diversos modos y, en pos de un teatro científico, la técnica es develada a
los espectadores una vez terminada la función, cuando se los invita a pasar tras
las bambalinas para ver todo lo que en un teatro relista estaría prohibido.
Al final de la pieza, uno de los narradores cuenta que tiene
atrapada en un casette, la voz del actor que protagonizó la versión que nos narra.
La cinta empieza a correr y oímos una voz que se entrecorta y que justo en el
final, se vuelve indescifrable.
Entonces el juego teatral aparece en su máximo esplendor: no
logramos saber cuales fueron las últimas palabras de Galileo, tampoco quien nos
está contando el cuento las recuerda.
Tal vez seamos nosotros los destinados a reponerlas. Tal vez
seamos nosotros los espectadores inquietos y despabilados que Brecht soñó.