El inicio de Los
sensuales, la nueva puesta de Alejandro Tantanián, aporta desde el vamos
las claves con las que habrá de leerse la misma: un asesinato representado con
música imponente y cuerpos desbordados, es decir, un régimen de lectura que se
impone de entrada en las antípodas del realismo.
Con estructura de melodrama, la pieza pergeñada por
Tantanián mantiene algunas reglas del género pero viola otras, sobre todo
aquella que impulsa a la identificación del espectador con el héroe sufriente,
regla que precisa de cierto aire realista que aquí brilla por su ausencia.
Tampoco hay, de esta poética tan mimada por el sentido popular pero también por
los rebeldes posmodernos, ni final feliz, ni personajes sacrificados.
Hay sí, amores imposibles, médula del género, pues
en la puesta abundan los enamoramientos que no pueden ser, la mayoría de
ellos por lazos sanguíneos.
Allí, y en varios puntos más también, Tantanián
coquetea con la tragedia, porque en Los
sensuales hay mucho de esa poética estallada: un parricidio
(se trata de un padre asesinado y de cinco hijos que al parecer no se conocen
entre sí y que están sospechados del crimen), amores incestuosos (los hermanos
se enamoran unos de otros), un pathos que no da respiro (todos los personajes
sufren y se lo comunican al público), una falta trágica que desata el caos, y
sobre todo, un tono muy poco mesurado. O dicho con más precisión: un aire dionisiaco que se impone triunfal.
Sin embrago, el desborde está controlado, y eso vuelve
a la pieza mucho más interesante que otras expresiones que han apelando a los
mismos recursos, cayendo en la parodia.
Claro, Tantanián se rodeó acaso de los mejores
actores que hay en el teatro por estos días: Ciro
Zorzoli como el padre asesinado (un padre que vemos en escena como un punto de
fuga “hamletiano”), Mirta Bogdasarian, Diego Velásquez, Pablo Rotemberg, Javier
Lorenzo, Nahuel Pérez Biscayart, Stella Galazzi, Gaby Ferrero y Luciano Suardi.
Todos exquisitos.
Con sensuales
coreografías, música al piano que inunda la escena, suicidios, desmayos,
límites borroneados y un credo que reza que el amor es traición, Los sensuales, basada en Los hermanos Karamásov de Dostoievski,
es un melodrama “desmesuradamente contenido”.
Y como en todo buen melodrama, en esa casa sin ley
paterna en donde la pasión le gana a la razón, el final es punitivo. Porque las
culpas han de pagarse. Al menos en la ficción.